viernes, 22 de mayo de 2020

CRECIMIENTO URBAN DESORDENADO

CRECIMIENTO URBANO DESORDENADO TRAERÁ MÁS POBREZA Y CONTAMINACIÓN


Un crecimiento urbano "sin límites" y desordenado en los próximos años conducirá a la creación de barrios pobres y marginales, así como a mayor contaminación y criminalidad, según alertó hoy el Banco Mundial (BM) en su informe semestral sobre los avances hacia los Objetivos del Milenio.

En los países en desarrollo, el 96 % del incremento de la población hasta 2030 será en áreas urbanas, de acuerdo con el BM, que presentó el informe en el marco del encuentro de primavera conjunto con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que se celebra esta semana en Washington.

La urbanización "sin límites" no es "una cura para todo", destacó en el informe el indio Kaushik Basu, vicepresidente sénior y economista jefe del BM.

"Los pobres urbanos en muchos lugares necesitan urgentemente mejores servicios, así como la infraestructura que los mantenga conectados con las escuelas, puestos de trabajo y atención sanitaria decente", agregó.

Los países con "niveles altos de urbanización" como China y otros de Asia Oriental y Latinoamérica "han jugado un papel importante en la reducción de la pobreza extrema en todo el mundo", sostuvo el BM.

En contraste, las dos regiones menos urbanizadas del mundo, el sur de Asia y el África subsahariana, tienen tasas significativamente más altas de pobreza y están a la zaga en el cumplimiento de los Objetivos del Milenio fijados por la ONU para 2015.

Según el informe del BM, en Latinoamérica y Asia Central las tasas de mortalidad infantil en las zonas urbanas están entre 8 y 9 puntos porcentuales por debajo de las de las áreas rurales.


Asimismo, el acceso al agua potable en las zonas urbanas de países en desarrollo fue casi total, con una cobertura del 96 %, en 2010 frente al 81 % de la población rural.<


A pesar de que la pobreza extrema ha disminuido a nivel global, el Banco Mundial estima que en 2015 habrá 970 millones de personas viviendo con 1,25 dólares al día.<br><br>

Para aprovechar "los beneficios económicos y sociales de la urbanización", hay que planificar "una eficiente utilización de la tierra", así como tener en cuenta las necesidades de transporte, vivienda y otras infraestructuras, señaló Jos Verbeek, economista del BM y principal autor del informe.

De los 828 millones de personas que viven en el mundo en barrios marginales urbanos el 61 % está en Asia, el 25,5 % en África y el 13,4 % en América Latina.

"Solo mediante la satisfacción de las necesidades esenciales en materia de transporte, vivienda, agua, saneamiento, educación y asistencia sanitaria pueden las ciudades evitar convertirse en centros de pobreza y miseria", argumenta el informe del BM.

El organismo subraya que también son necesarios esfuerzos contra la pobreza en el mundo rural, ya que en los países en desarrollo el 76 % de los pobres viven en áreas rurales.

Las mujeres del ámbito rural son normalmente las más perjudicadas, dado que tienen que caminar largas distancias para acceder al agua potable y cuentan con un menor nivel educativo.

¿EL FIN DE LA GLOBALIZACIÓN?



         Globalización: ¿El fin de una era?
                                                                                Por Pedro Cornejo 


                                                                                                
El pensamiento clásico aplicado a la modernidad

La desglobalización se debe a la caída del comercio global en los últimos años, el incremento de medidas proteccionistas y las tímidas pero amenazantes restricciones al movimiento de capitales, de personas y de información.



I

Una corriente de opinión se extiende entre los profesionales de la economía: llegamos al fin de la globalización, un ciclo que comenzó en los noventa y que, desde 2012, va en declive. Lo dicen economistas como Neil Shearing (“la globalización llegó a su punto máximo y existe el riesgo de que el mundo comience a desglobalizarse”), Michael O’Sullivan (“la globalización, al menos como la gente la ha conocido, está muerta”), Catherine Mann (“los esfuerzos de liberalización comercial se han frenado y en numerosos países han empeorado las prácticas que dañan los intercambios”), entre muchos otros. Un informe del diario El País* señala que “el mundo ha entrado en una fase de desglobalización”. Y se remite a la caída del comercio global en los últimos años, el incremento de medidas proteccionistas y las tímidas pero amenazantes restricciones al movimiento de capitales, de personas y de información.
*“La guerra comercial entre EE.UU. y China acelera la desglobalización. 3 de noviembre de 2019.

II
Esto me recuerda el libro que Anthony Giddens publicó en 1999: Un mundo desbocado. El renombrado sociólogo inglés hablaba de la globalización como un fenómeno económico, pero también político, cultural y tecnológico que estaba transformando radicalmente nuestras vidas. Giddens era consciente de sus consecuencias negativas: el notable aumento de la desigualdad entre pobres y ricos, la destrucción de las culturas locales, los crecientes peligros originados por el cambio climático, el resurgimiento de nacionalismos e integrismos religiosos de toda índole, etc. De ahí su convicción de que “el campo de batalla del siglo XXI enfrentará al fundamentalismo con la tolerancia cosmopolita”. Pero Giddens confiaba en el triunfo del cosmopolitismo, la diversidad cultural y la democracia liberal, todos ellos estrechamente vinculados, según él, a la globalización.

III
Tal triunfo, sin embargo, está lejos de haberse materializado. Es verdad que el mundo contemporáneo está (casi) completamente interconectado y que, en líneas generales, la sociedad es más diversa y multicultural, pero también lo es que el racismo, la intolerancia y la discriminación dan muestras de una vitalidad digna de mejor causa. Por otra parte, la democracia, como forma de gobierno, atraviesa por una profunda crisis de representatividad que afecta el núcleo de su estructura. La desconfianza ha penetrado como un puñal en Occidente y, como consecuencia, la seguridad se ha convertido en el valor supremo que todos (Estados e individuos) buscan proteger, en detrimento incluso de la libertad. De ahí que, como señala el reconocido economista francés Thomas Piketty, sea urgente “repensar la globalización”: dejar de concebir el comercio como un fin en sí mismo que hay que liberalizar a toda costa y volver a pensarlo como un medio al servicio de un mundo más justo y sostenible que solo se hará realidad, según Piketty, si se consigue “superar el hipercapitalismo actual”. Una afirmación que, sin duda, dará mucho que hablar.