Globalización:
¿El fin de una era?
Por Pedro Cornejo
El
pensamiento clásico aplicado a la modernidad
Una corriente de opinión se extiende entre los profesionales de la
economía: llegamos al fin de la globalización, un ciclo que comenzó en los
noventa y que, desde 2012, va en declive. Lo dicen economistas como Neil
Shearing (“la globalización llegó a su punto máximo y existe el riesgo de que
el mundo comience a desglobalizarse”), Michael O’Sullivan (“la globalización,
al menos como la gente la ha conocido, está muerta”), Catherine Mann (“los
esfuerzos de liberalización comercial se han frenado y en numerosos países han
empeorado las prácticas que dañan los intercambios”), entre muchos otros. Un
informe del diario El País* señala que “el mundo ha entrado en una fase de
desglobalización”. Y se remite a la caída del comercio global en los últimos
años, el incremento de medidas proteccionistas y las tímidas pero amenazantes
restricciones al movimiento de capitales, de personas y de información.
*“La guerra comercial entre EE. UU. y China acelera la desglobalización”. 3 de noviembre de 2019.
II
Esto me recuerda el libro que Anthony Giddens publicó en 1999: Un mundo
desbocado. El renombrado sociólogo inglés hablaba de la globalización como un
fenómeno económico, pero también político, cultural y tecnológico que estaba
transformando radicalmente nuestras vidas. Giddens era consciente de sus
consecuencias negativas: el notable aumento de la desigualdad entre pobres y
ricos, la destrucción de las culturas locales, los crecientes peligros
originados por el cambio climático, el resurgimiento de nacionalismos e integrismos
religiosos de toda índole, etc. De ahí su convicción de que “el campo de
batalla del siglo XXI enfrentará al fundamentalismo con la tolerancia
cosmopolita”. Pero Giddens confiaba en el triunfo del cosmopolitismo, la
diversidad cultural y la democracia liberal, todos ellos estrechamente
vinculados, según él, a la globalización.
III
Tal triunfo, sin embargo, está lejos de haberse materializado. Es verdad
que el mundo contemporáneo está (casi) completamente interconectado y que, en
líneas generales, la sociedad es más diversa y multicultural, pero también lo
es que el racismo, la intolerancia y la discriminación dan muestras de una
vitalidad digna de mejor causa. Por otra parte, la democracia, como forma de
gobierno, atraviesa por una profunda crisis de representatividad que afecta el
núcleo de su estructura. La desconfianza ha penetrado como un puñal en
Occidente y, como consecuencia, la seguridad se ha convertido en el valor
supremo que todos (Estados e individuos) buscan proteger, en detrimento incluso
de la libertad. De ahí que, como señala el reconocido economista francés Thomas
Piketty, sea urgente “repensar la globalización”: dejar de concebir el comercio
como un fin en sí mismo que hay que liberalizar a toda costa y volver a
pensarlo como un medio al servicio de un mundo más justo y sostenible que solo
se hará realidad, según Piketty, si se consigue “superar el hipercapitalismo
actual”. Una afirmación que, sin duda, dará mucho que hablar.

Podemos concluir que el tema de la GLOBALIZACIÓN nos muestra el abuso que podemos hacer con ella
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